Fuente:
El País, 18 de agosto de 2013.
“Hay que trabajar menos horas para trabajar todos”
Serge Latouche, el precursor de la teoría del decrecimiento, aboga por una sociedad que produzca menos y consuma menos
Corría el año 2001 cuando al economista Serge Latouche le tocó
moderar un debate organizado por la Unesco. En la mesa, a su izquierda,
recuerda, estaba sentado el activista antiglobalización José Bové; y más
allá, el pensador austriaco Ivan Illich. Por aquel entonces, Latouche
ya había podido comprobar sobre el terreno, en el continente africano,
los efectos que la
occidentalización producía sobre el llamado Tercer Mundo.
Lo que estaba de moda en aquellos años era hablar de desarrollo
sostenible. Pero para los que disentían de este concepto, lo que
conseguía el desarrollo era de todo menos sostenibilidad.
Fue en ese coloquio cuando empezó a tomar vuelo la teoría del
decrecimiento, concepto que un grupo de mentes con inquietudes
ecológicas rescataron del título de una colección de ensayos del
matemático rumano Nicholas Georgescu-Roegen.
Se escogió la palabra decrecimiento para provocar. Para despertar
conciencias. “Había que salir de la religión del crecimiento”, evoca el
profesor Latouche en su estudio parisiense, ubicado cerca del mítico
Boulevard Saint Germain. “En un mundo dominado por los medios”, explica,
“no se puede uno limitar a construir una teoría sólida, seria y
racional; hay que tener un eslogan, hay que lanzar una teoría como se
lanza un nuevo lavavajillas”.
Así nació esta línea de pensamiento, de la que este profesor emérito
de la Universidad París-Sur es uno de los más activos precursores. Un
movimiento que se podría encuadrar dentro de un cierto tipo de
ecosocialismo, y en el que confluyen la crítica ecológica y
la crítica de la sociedad de consumo
para clamar contra la cultura de usar y tirar, la obsolescencia
programada, el crédito sin ton ni son y los atropellos que amenazan el
futuro del planeta.
El viejo profesor Latouche, nacido en 1940 en la localidad bretona de
Vannes, aparece por la esquina del Boulevard Saint Germain con su gorra
negra y un bastón de madera para ayudarse a caminar. Hace calor.
La cita es en un café, pero unos ruidosos turistas norteamericanos
propician que nos lleve a su estudio de trabajo, un espacio minúsculo en
el que caben, apelotonadas, su silla, su mesa de trabajo, una butaca y
montañas de libros, que son los auténticos dueños de este lugar luminoso
y muy silencioso.
Pregunta. Estamos inmersos en plena crisis, ¿hacia dónde cree usted que se dirige el mundo?
Respuesta. La crisis que estamos viviendo
actualmente se viene a sumar a muchas otras, y todas se mezclan. Ya no
se trata solo de una crisis económica y financiera, sino que es una
crisis ecológica, social, cultural… o sea, una crisis de civilización.
Algunos hablan de crisis antropológica…
P. ¿Es una crisis del capitalismo?
R. Sí, bueno, el capitalismo siempre ha estado en
crisis. Es un sistema cuyo equilibrio es como el del ciclista, que nunca
puede dejar de pelear porque si no se cae al suelo. El capitalismo
siempre debe estar en crecimiento, si no es la catástrofe. Desde hace
treinta años no hay crecimiento, desde la primera crisis del petróleo;
desde entonces hemos pedaleado en el vacío. No ha habido un crecimiento
real, sino un crecimiento de la especulación inmobiliaria, bursátil. Y
ahora ese crecimiento también está en crisis.
Latouche aboga por una sociedad que
produzca menos y consuma menos.
Sostiene que es la única manera de frenar el deterioro del
medioambiente, que amenaza seriamente el futuro de la humanidad. “Es
necesaria una revolución. Pero eso no quiere decir que haya que masacrar
y colgar a gente. Hace falta un cambio radical de orientación”. En su
último libro,
La sociedad de la abundancia frugal,
editado por Icaria, explica que hay que aspirar a una mejor calidad de
vida y no a un crecimiento ilimitado del producto interior bruto. No se
trata de abogar por el crecimiento negativo, sino por un reordenamiento
de prioridades. La apuesta por el decrecimiento es la apuesta por la
salida de la sociedad de consumo.
P. ¿Y cómo sería un Estado que apostase por el decrecimiento?
R. El decrecimiento no es una alternativa, sino una
matriz de alternativa. No es un programa. Y sería muy distinto cómo
construir la sociedad en Texas o en Chiapas.
P. Pero usted explica en su libro algunas medidas
concretas, como los impuestos sobre los consumos excesivos o la
limitación de los créditos que se conceden. También dice que hay que
trabajar menos, ¿hay que trabajar menos?
R. Hay que trabajar menos para ganar más, porque
cuanto más se trabaja, menos se gana. Es la ley del mercado. Si trabajas
más, incrementas la oferta de trabajo, y como la demanda no aumenta,
los salarios bajan. Cuanto más se trabaja más se hace descender los
salarios. Hay que trabajar menos horas para que trabajemos todos, pero,
sobre todo, trabajar menos para vivir mejor. Esto es más importante y
más subversivo. Nos hemos convertido en enfermos, toxicodependientes del
trabajo. ¿Y qué hace la gente cuando le reducen el tiempo de trabajo?
Ver la
tele. La
tele es el veneno por excelencia, el vehículo para la colonización del imaginario.
P. ¿Trabajar menos ayudaría a reducir el paro?
R. Por supuesto. Hay que reducir los horarios de
trabajo y hay que relocalizar. Es preciso hacer una reconversión
ecológica de la agricultura, por ejemplo. Hay que pasar de la
agricultura productivista a la agricultura ecológica campesina.
P. Le dirán que eso significaría una vuelta atrás en la Historia…
R. Para nada. Y en cualquier caso, no tendría por
qué ser obligatoriamente malo. No es una vuelta atrás, ya hay gente que
hace permacultura y eso no tiene nada que ver con cómo era la
agricultura antaño. Este tipo de agricultura requiere de mucha mano de
obra, y justamente de eso se trata, de encontrar empleos para la gente.
Hay que comer mejor, consumir productos sanos y respetar los ciclos
naturales. Para todo ello es preciso un cambio de mentalidad. Si se
consiguen los apoyos suficientes, se podrán tomar medidas concretas para
provocar un cambio.
P. Dice usted que la teoría del decrecimiento no es
tecnófoba, pero a la vez propone una moratoria de las innovaciones tecnológicas. ¿Cómo casa eso?
R. Esto ha sido mal entendido. Queremos una
moratoria, una reevaluación para ver con qué innovaciones hay que
proseguir y qué otras no tienen gran interés. Hoy en día se abandonan
importantísimas líneas de investigación, como las de la biología del
suelo, porque no tienen una salida económica. Hay que elegir. ¿Y quién
elige?: las empresas multinacionales.
Latouche considera que las democracias, en la actualidad, están
amenazadas por el poder de los mercados. “Ya no tenemos democracia”,
proclama. Y evoca la teoría del politólogo británico Colin Crouch, que
sostiene que nos hallamos en una fase de posdemocracia. Hubo una
predemocracia, en la lucha contra el feudalismo y el absolutismo; una
democracia máxima, como la que hemos conocido tras la Segunda Guerra
Mundial, con el apogeo del Estado social; y ahora hemos llegado a la
posdemocracia. “Estamos dominados por una oligarquía económica y
financiera que tiene a su servicio a toda una serie de funcionarios que
son los jefes de Estado de los países”. Y sostiene que la prueba más
obvia está en lo que Europa ha hecho con Grecia, sometiéndola a
estrictos programas de austeridad. “Yo soy europeísta convencido, había
que construir una Europa, pero no así. Tendríamos que haber construido
una Europa cultural y política primero, y al final, tal vez, un par de
siglos más tarde, adoptar una moneda única”. Latouche sostiene que
Grecia debería declararse en suspensión de pagos, como hacen las
empresas. “En España, su rey Carlos V quebró dos veces y el país no
murió, al contrario. Argentina lo hizo tras el hundimiento del peso. El
presidente de Islandia, y esto no se ha contado suficientemente, dijo el año pasado en Davos que la solución a
la crisis es fácil: se anula la deuda y luego la recuperación viene muy
rápido”.
P. ¿Y esa sería también una solución para otros países como España?
R. Es la solución para todos, y se acabará haciendo,
no hay otra. Se hace como que se intenta pagar la deuda, con lo que se
aplasta a las poblaciones, y se dice que de este modo se liberan
excedentes que permiten devolver la deuda, pero en realidad se entra en
un círculo infernal en el que cada vez hay que liberar más excedentes.
La oligarquía financiera intenta prologar su vida el máximo tiempo
posible, es fácil de comprender, pero es en detrimento del pueblo.